Llegás a la pelota solo para devolverla. No para pegar tu mejor drive.
Edición #05

Lo que el cuerpo muestra
Fuera de la cancha
Mi profesor me lo venía diciendo hacía semanas. La primera vez lo escuché como una corrección técnica y seguí. Bueno, listo, pensé. Habrá que practicar más, llegar antes, acomodarse mejor.
Pero me lo volvió a decir, una y otra vez más. Hasta que empecé a entender que no estaba hablando solo de tenis.
Yo estaba pegando para responder. Para sacarme la pelota de encima. Como si alcanzara con llegar, devolverla y seguir. Como si no fuera mi responsabilidad hacer algo más con ese punto.
Y ahí me incomodé. Va, en realidad fue fuera de la cancha…
Porque la pregunta dejó de ser técnica. Ya no era si estaba llegando bien a la pelota. Era otra cosa: ¿qué calidad de presencia estaba sosteniendo en la cancha? ¿Desde qué lugar estaba jugando? ¿Cómo estaba liderando, o no, mi propio juego?
Lo que el cuerpo muestra
Salí de la clase bastante frustrada y me senté a escribir. Acostumbrada a leer la corporalidad de otros, me di cuenta de que había algo que no estaba haciendo conmigo misma: escuchar lo que mi propio cuerpo estaba mostrando.
Porque el cuerpo no miente. Mi cuerpo se sacaba la pelota para pasarla al otro lado de la red. Si estás ahí para jugar el punto o apenas para sobrevivirlo. Si te sentís con la comodidad de ser vos, de proponer algo, o si tu única intención es sacarte el tema de encima.
Fuera de la cancha
¿Cuántas veces nos pasa esto?
En reuniones importantes, en presentaciones clave y ni que hablar en las conversaciones difíciles donde mucho más que argumentos se pone en juego. En aquellas situaciones en las que estamos, sí, pero no terminamos de habitar del todo la conversación. Llegamos para responder. Para cumplir e informar. A veces para defendernos y desligarnos de la responsabilidad, pero no para intervenir de verdad en lo que está pasando.
Porque la riqueza o la pobreza de una conversación no depende ni del tema ni del otro. En gran parte depende de mí y de mi capacidad de estar presente para sostener lo que pienso. Para contribuir a lo que esa conversación necesita.
En ese sentido, liderar una conversación no es dominarla y mucho menos tener la última palabra. Es poder entrar en ella con presencia y con la confianza de que soy suficiente para expresar mi idea.
Tal vez de eso se trate también liderarse: de no entrar solo a devolver la pelota y de animarse a jugar el punto.
A mí, al menos, esta escena me dejó una pregunta incómoda.
¿A tus conversaciones más importantes estás llegando para responder o para jugar de verdad?
¿Te resonó algo de lo que leíste?

